jueves, 19 de diciembre de 2013

Un mito hecho música



Candileja. 

Dos mitos se escuchan en las zonas rurales colombianas. Uno cuenta la historia de una mujer quemada en su casa con sus dos hijos y estando muerta, su alma no descansó en paz. El mismo destino le corresponde a una anciana que sufre el castigo por parte de San Pedro, ya que la abuela era extremadamente tolerante con sus dos nietos. Ambas mujeres son condenadas a penar durante la eternidad con sus almas convertidas en tres llamaradas que gritan y sufren aterrorizando a sus desafortunados visitantes en las montañas. Luz, fuego, llanto, gemidos. En la ciudad de Cali, subiendo por la quinta como quien va para el barrio El Refugio, te encuentras con un escenario propio de las candilejas. Su dos colores llaman la atención en una desolada acera donde cada tanto pasa un hombre dejando un concentrado olor a bazuco. Verde y rojo.  Impetran luminosidad en el primer piso de un edificio de cinco plantas lleno de ventanas oscuras. En la entrada, un sonido ahogado, dos cuadros con fotografías de mujeres con el cabello crespo, abundante, melenas frondosas; cejas extremadamente delgadas; cutis perfecto. El peinado de los hombres de las fotos, es un camino de ondas perfectas que van desde la frente en delgados flequillos hasta la parte más baja de la nuca. Motos aparcadas y una silla de cuero azul vigilando en la puerta e invitándote a pasar: Bienvenidos a Candilejas, el club de las baladas. 


Al entrar, justo en el umbral de la puerta eres atravesado por las luces de colores cálidos, te encuentras a ti mismo más de siete veces por la cantidad de espejos que hacen a la vez de pared. El lugar es pequeño pero caben unas diez mesas como lunas menguantes y mesas que tienen luces en su interior. Hay cuatro parejas, unas separadas de las otras. Aproximadamente cinco pantallas donde está la expresión de las candilejas del mito colombiano: cantantes agónicos por el desamor en vídeos que el paso de los años le ha dejado permanentes líneas que se mueven con los artistas.

Se apagan las pantallas y la música. La barra está justo frente a la entrada, hay más luces pero esta vez de color azul que dibujan una ventana donde se ve todo tipo de licor: no hay una botella repetida. De la nada aparece del lado derecho un hombre alto, calvo, con brazos gruesos y marcados. “Buenas noches” “Ve, que dice la muchacha de allá que si le ponés algo de Los Bunkis” le pide un hombre de aproximadamente sesenta años que lleva pantalón habano de tela, camisa café con rayas de colores claros y la cabeza totalmente blanca “Sí, esperáte un momentico que se está reiniciando la computadora” El hombre de café se devuelve y se sienta con su acompañante, una mujer de unos treinta años. Al lado, hay una pareja hablando muy cerca, se besan. El hombre se pone de pie y se dirige a la barra, “¡Entonces? Ve, ponéme algo pues y me llevás una jarrita de cerveza” lleva puesto un chaleco verde con un eslogan: energía 102.5. Regresa a su mesa y sigue platicando con su acompañante. En segundos, el calvo lleva una jarra llena de cerveza a su mesa. Sirve dos vasos.

Empiezan a sonar campanas y las pantallas se iluminan. Aparece un hombre de cabello largo negro, barba muy abundante y cejas pobladas. Lleva un traje blanco:

“Otro año ya se ha ido
Cuántas cosas han pasado
Algo hemos aprendido
Y algo hemos olvidado”




Ahora hay más parejas. Todos se acomodan de la misma manera: los hombres rodean a las mujeres con el brazo extendido sobre el espaldar de los muebles. Ellas cruzan las piernas y dejan reposar una de sus manos sobre los muslos de sus parejas. Todos miran obnubilados las pantallas, no se mueven, parecen estatuas iluminadas de vez en cuando por las luces aleatorias del bar. De pronto, la mujer acaricia la espalda de su pareja con el chaleco verde, el de energía. Y la mano empieza a danzar al ritmo de Los Bunkis sobre el cuerpo de su acompañante. De pronto termina la canción y todos las parejas vuelven a entablar alguna conversación, acercando el oído a la boca de su compañero y esforzándose para escuchar. Sólo hay parejas, los únicos personajes en el lugar que permancen solitarios son, por supuesto los cantantes proyectados en las pantallas, pero además los que están dibujados en los espacios de pared que no tienen espejos: José José, Sandro, Juan Gabriel, entre otros que nunca paran de mirar a los ojos a quienes entran a Candilejas. En otra mesa un hombre con sombrero negro bosteza.
 
Ahora hay en la pantalla una joven con rasgos asiáticos cantando en algún idioma del otro lado del mundo que nadie de los presentes comprende.Entonces hablan. Sirven más licor. Miran a los lados, se toman fotografías, miran la pantalla, ríen, bostezan, miran la pantalla, beben, hablan, hablan, hablan, bostezan. La pareja "Energía" ahora está más junta, sus piernas están entrelazadas, sus brazos aprietan a su compañero como si evitaran algo catastrófico sosteniéndolos, los labios no se despegan, empujan con sus bocas, primero él, luego ella, luego él, luego ella. Paran. Miran los vasos, él ya terminó su bebida. Ella tiene el vaso entero pero no lo toca y se pone de pie. Se sienta en las piernas de su amante. Se miran. Sonríen. Ella se dirige al baño. 

Ahora se reproduce un vídeo que hace vibrar el piso del establecimiento con lo gritos de la cantante. Nadie le presta atención a las pantallas y se empeñan en entender qué les está diciendo quien tienen al lado gritando al oído.

 
Amanda Miguel

Regresa la mujer del hombre de verde. Se sienta y bebe un sorbo de cerveza. Cambian de vídeo.

Apareció en las pantallas en vídeo que podría dar honor al nombre del sitio desde las referencias míticas. Lágrimas, tristeza, luz y gemidos. Miguel Bosé se convierte en candileja. Hay que reconover la capacidad del artista para conmover al público y lograr transmitir ese gesto doloroso que hay en su rostro, pues al ver el vídeo, todos fruncen el ceño con tristeza y no parpadean. Excepto el hombre de verde que está recostado en el hombro de la mujer que acaba de sentarse y parece dormido.




No todos se saben la canción. Pero la tararean y sufren con ella. Una mujer va corriendo al baño a vomitar. Una mujer mayor bosteza en una mesa lejana. "Amiiiiigaaaa" todos cantan y se mueven de lado a lado sin quitar la mirada de la pantalla. Es un lugar triste, oscuro, aturdidor, las personas van saliendo en parejas, algunas ladeándose, otras no dejan de acariciarse, otras no paran de besarse. La mujer despierta a su pareja con chaleco verde, le dice algo. Él la besa, le pasa el vaso que todavía tiene cerveza, ella la termina y se pone de pie. Él la sigue, llama al calvo, le dice algo con los ojos casi cerrados, paga la cuenta. Cruzan el umbral. Afuera hace frío y a lo lejos se ve el hombre del bazuco caminando por las vías del masivo a las 2 a. m. Pasa una chiva con una sola pareja bailando regueaton. La pareja toma un taxi que se pierde a lo lejos sobre la Quinta y desde afuera se escuchan con dificultad las canciones de Juan Gabriel.